DIARIO
DEL DILUVIO
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#1 Regresos · nota abierta

Todo por un cuerpo

POR LORENA ÁLVAREZ

Hay ecos de los noventa por todas partes. Un recorrido escenográfico por el que vuelve y por lo que esta vez es distinto.

1 · Todo por dos pesos

No hay calle céntrica que no huela a empanada low cost ni a fruta fresca de estación. O a orina, mezcla de semillas con canela y coco, basura revuelta, café tibio de especialidad. La multiplicación de locales de venta de empanadas baratas, verdulerías, barcitos y productos saludables junto a los grandes locales con maquillaje oriundo de China o Corea son, en esta nueva crisis, lo que hacia fines de la década del noventa fueron los negocios de chucherías: templos del consumo barato que vendían adornos hogareños hasta ir sumando, al llegar el nuevo siglo, una infinidad de objetos de regalería y otras tantas chiquiteces. Al principio se llamaron "Todo por un peso" y luego, cuando el valor empezó a crujir, modificaron la cifra por "Todo por dos pesos".

Tal era la popularidad de estos comercios que una de las grandes joyas de culto de la televisión de principios de siglo terminó tomando su nombre para bautizar lo que hoy ya es un clásico de la pantalla chica. En el ATC de la Alianza, Todo por dos pesos, con Diego Capusotto y Fabio Alberti, dirigidos por Néstor Montalbano y con guión de Pedro Saborido, sintetizó como nadie el "fondo de olla" que estábamos atravesando. Mientras ellos se burlaban de cómo se producía televisión en esos años de vacas flacas, el show de importaciones dejaba en claro la conflictividad social en ciernes.

Aunque éstas no fueron las únicas fotos de la época: los negocios armados con indemnizaciones, fruto del cierre de fábricas y del desguace de las empresas estatales, se multiplicaron hasta el infinito. Parripollos, canchas de paddle, remises y los kioscos o almacenes improvisados desde las ventanas de las casas fueron la escenografía decadente de un país hundiéndose en un sepia que, treinta años después, la nostalgia pareció olvidar. Reemplazar trabajo por productos importados fue la otra cara de esa década recordada por la paridad del dólar con el peso, cuya faz dorada eran los viajes a Disney o a Cancún, y su rostro oscuro la altísima tasa de desocupación.

La historia, que nunca se repite calcada, puede ser dolorosamente parecida.

Parece obvio, pero conviene decirlo igual: el germen no es de los noventa. Ya en el '76, con el dólar barato y el "deme dos" como consigna, la deuda externa se multiplicó por seis en siete años. La cifra puede resultar anecdótica pero no lo es, porque es la primera cuota de algo que seguimos pagando, un tiempo en el que la fiebre por comprar productos extranjeros convertía las fronteras y los aeropuertos en un desfiladero de oportunidades, mientras el ingreso indiscriminado de importaciones mellaba cualquier atisbo de productividad.

Pero, en esta eterna lucha de la añoranza por aquello que nunca sucedió exactamente como se lo imagina, de los recuerdos que mienten un poco, como diría el Indio Solari, y en la que para muchos todo parece ser el punto cero de la historia porque son ellos los protagonistas, el pasado que se intenta revivir quizás no termine siendo, para las nuevas generaciones, la panacea que se les intentó volver a vender. La historia, que nunca se repite calcada, puede ser asimismo dolorosamente parecida.

2 · Un cuerpo que resiste

Entre la crisis del 2001 y la incertidumbre del presente, no solo ha corrido mucha agua bajo el puente; también ha persistido algo latente, un pulso que quedó oculto bajo la alfombra de nuestro pasado cercano. Si bien los albores del siglo XXI trajeron consigo la devaluación, la sustitución de importaciones y el viento a favor de los commodities, en un escenario donde las gestiones de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner imprimieron una marca profunda en la producción y el empleo, esa tensión subterránea nunca dejó de palpitar. Quizás sea ese el componente que hoy tiñe de una extraña simpatía la mirada hacia atrás: la idea, sellada a fuego, de ser dueños del tiempo personal. Una de las tantas delicias de aquel individualismo que terminó de calar hasta los huesos del entramado colectivo.

Es que el individualismo de los noventa no fue un accidente temporal, sino un sedimento que quedó impregnado en la médula social. Se cristalizó entre los escombros del Muro, el presagio del "fin de la historia" y esa felicidad impostada que se medía por el calibre del consumo. Este espíritu, lejos de batirse en retirada, permaneció latente en el cuerpo de la comunidad; incluso cuando, entre el 2003 y el 2015, el relato oficialista se ilusionó con la utopía de una sociedad puramente politizada y emancipada del mundanal mercado, ignorando que en el 2011 se los había ratificado por ese mismo motivo: se consumía con la urgencia de quien cree que el mundo se acaba.

Por eso hoy pedalear o manejar Uber pasa por trabajo y no por changa. Nadie se siente, como sí se sentía la generación adulta de los noventa, un desocupado rebuscándosela. El espíritu de época es sentirse emprendedor. Al trabajo formal como ordenador social le nació una competencia tramposa: ser dueño de la propia agenda promete liberarnos del yugo. Mientras tanto, la informalidad crece.

Mucho se ha escrito sobre esta época y la función emocional del trabajo, pero sigue siendo asombroso cómo elegimos la autoexplotación disfrazada con la idea de manejar nuestros horarios, mientras el cuerpo es el templo a cuidar. No solamente porque es la maquinaria que nos permite, sin máscara alguna, ser el sostén para que nuestra economía personal funcione, sino además porque es el gran posibilitador de ascenso social.

El espíritu de época es sentirse emprendedor. Mientras tanto, la informalidad crece.

En las mujeres eso está más instalado que nunca; tanto es así que basta ir a Once y ver donde otrora había locales de baratijas, hoy hay un mundo dedicado a la belleza. Una inusitada cantidad de comercios mutaron de venta de accesorios de bijou o de ropa a grandes locales-altares de maquillaje o máscaras para pieles brillantes y tersas. De hecho, los lugares que antes vendían objetos —útiles o inútiles para las casas— hoy se transformaron en el gran epicentro del embellecimiento. Porque es sabido que cuando hay una necesidad nace un derecho, y hoy la gran necesidad para muchas chicas es verse bellas para cambiar su destino económico, ya sea porque siendo más lindas consiguen mejores trabajos o como viejo recurso amoroso. El amor no solo salva espiritualmente, sino que en tiempos mercantiles puede ser el golpe de azar necesario para escalar de clase.

Pero mientras el negocio aflora en grandes locales donde se multiplican las ofertas de make up y cremas faciales, también se expande el negocio de lo saludable. Porque si bien las principales consumidoras han sido durante años las chicas, hoy los varones, exhibiendo éxito y disciplina, también deben demostrar que cuidan su cuerpo como un tesoro. El éxito viene de la mano del amor al cuerpo. Un cuerpo que ahora no solo trabaja hasta extenuarse, sino que se extenúa demostrando que está a la altura de las exigencias de un mercado que ya no pide objetos, sino sujetos impecables. En esta nueva escenografía, ya no compramos adornos para las repisas del living, sino que nos convertimos nosotros mismos en el producto a exhibir, esperando que ese brillo propio nos salve de la precariedad que sigue latiendo bajo la alfombra.

3 · La grieta bajo la piel

Las verdulerías se han multiplicado de manera inimaginable: hasta dos por cuadra, ocupando avenidas que supieron ser otra cosa. En Buenos Aires alcanza con caminar por la paqueta Avenida Santa Fe o por la mismísima calle Corrientes para ver los cajones de fruta y verdura donde antes había rubros mucho más sofisticados. Compiten palmo a palmo con las tiendas de alimentos saludables que hace años desembarcaron en cada punto del país con la promesa de mejorar nuestra nutrición, aunque a veces nos hacen dudar: no sabemos si nos quieren sanos o simplemente nos necesitan fuertes para soportar la extensión del tiempo vital del trabajo. En un mundo donde jubilarse es un horizonte cada vez más lejano, el hedonismo y el miedo a la vejez, tal vez, también operan contra nuestra salud mental. Es el drama de estos tiempos, donde se nos exige una juventud eterna mientras sucumbimos a un mandato que nos quiere extenuados. Todo sea en pos de seguir siendo productivos, aun cuando sospechamos que, con el avance de la tecnología y la inteligencia artificial, es muy probable que terminemos viviendo mucho más sólo para ser testigos de nuestra propia inutilidad laboral.

El vínculo entre pobreza y mala nutrición no es una novedad, pero lo que sí es la adoración casi religiosa por la vida saludable. El bienestar se exhibe como un trofeo y la salud se ha vuelto un culto exclusivo. Mientras unos rinden pleitesía a lo orgánico, a las proteínas, a las semillas, a todo lo que suene a proceso natural, como forma de distinción social, otros ponen el cuerpo como un escudo maltrecho, comiendo lo que llena la panza pero no alimenta de verdad. Hay una nueva jerarquía ahí adentro: estar sano se volvió símbolo de éxito, estar mal nutrido casi un fracaso personal. Como si las políticas económicas no existieran.

Si en los noventa la brecha era el acceso a las cosas, hoy la grieta se mete adentro de la piel.

Es que si en los noventa la brecha era el acceso a las cosas, hoy la grieta se mete adentro de la piel a través de esta mística de lo saludable que deja a la mayoría afuera. El cuerpo se está convirtiendo en el próximo separador social, una frontera de carne y hueso donde la salud es un privilegio para pocos y la mala alimentación una marca de nacimiento difícil de borrar.

Y es una soledad mucho más potente que la de décadas pasadas. En los noventa, la falta de trabajo funcionaba como un motor compartido, un combustible que empujaba a la gente a la calle para pelear por volver a entrar al sistema. Había una épica del “nosotros” aún, incluso, en la derrota. Hoy el sistema logró que la angustia sea un proceso privado y silencioso: cada cual se encierra en su aplicación, se refugia en lo que le devuelve la pantalla y suplica salvarse solo, como si el éxito fuera una descarga personalizada.

4 · Ninguna vuelta es igual

El eco de los viejos trueques resuena en las nuevas formas de sobrevivir como se puede. Sin embargo, este volver al pasado quizás demuestra que el sedimento bajo el puente, ese cúmulo de promesas rotas y crisis que vuelven una y otra vez, es lo que finalmente termina por romper las ilusiones de progreso. El agua ha corrido, pero no ha limpiado nada. Solo ha dejado una capa de cansancio que nos impide imaginar un futuro que no sea una repetición más pobre de lo que ya perdimos. En esta nueva era, la verdadera resistencia ya no parece estar en internet, sino en la capacidad de recuperar el cuerpo como un lugar de dignidad y no como un simple depósito de las faltas que el bolsillo no puede cubrir.

Entre el retorno como una copia y la continuidad, existe una diferencia abismal. Los procesos históricos suelen parecerse, pero cada tiempo presenta fisuras y contrastes que lo vuelven irrepetible. El contexto es una variable que no permite la ilusión de desandar el camino, porque nadie camina dos veces por la misma senda ni con los mismos pasos; es improbable que no exista variación cuando, en el fondo, todo se ha transformado. Incluso nosotros, que nunca volveremos a ser tan jóvenes como en este instante. Es lo que Homero Expósito sintetizó con lucidez filosófica en su tango: vivir es cambiar y, como bien dice su letra, en cualquier foto vieja lo verás.

Aunque hoy las fotos que más nos llamen la atención sean la de los estados de wasap vendiendo tortas, productos de Natura o lenceria. La foto es sobrevivir.

Esta nota se publica completa. Las otras diez están en el papel.

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